FOTÓGRAFO NOCTURNO ES LA PRIMERA REVISTA DE FOTOGRAFÍA NOCTURNA Y DE LARGA EXPOSICIÓN. TODO EMPIEZA CON UNA IDEA QUE CUENTO A MI AMIGO MARIO RUBIO. EN ESTE ARTÍCULO, PUBLICADO EN EL PRIMER NÚMERO, TIENES TODA LA HISTORIA.

Capturas de pantalla. La revista es maquetada con Adobe InDesign y así es como se ve al estar trabajando en ella. Líneas, guías y cuadrículas para que cada elemento esté en su sitio, que todo tenga un orden visual y el diseño quede ordenado y limpio.

Quiero hacer la revista de fotografía nocturna que me gustaría leer

Que haya de todo, que sea práctica y que sea gratis, ¿cómo podemos hacerlo?

“MARIO,  ¿POR QUÉ NO HACEMOS UNA REVISTA dedicada exclusivamente a la fotografía nocturna y el light painting?” le suelto sin más preámbulos entre una curva y la siguiente.

Pasa un segundo. Dos segundos y su vista sigue fija en la carretera. Tres segundos y otra curva más, pero ni una palabra sale de su boca. Yo imagino su cabeza asimilando la idea, procesándola, buscando los pros y los contras… Cuatro segundos. Cinco. Diez. La eternidad y un rato más. ¿Pero es que este tío no va a decir nada? ¡A ver si resulta que no me ha escuchado!

Pero no nos adelantemos. Será mejor que retrocedamos un poco en el tiempo para contar algunas cosas antes de desvelar como continuó esa conversación.

Yo empecé mi andadura fotográfica hará unos dos años, cuando, por pura casualidad, me topé en Internet con unas fotos nocturnas. Aquellas imágenes me dejaron totalmente impactado. Los colores, las trazas de las estrellas, las nubes en movimiento, ese aspecto irreal y la sensación de estar viendo las cosas de una manera totalmente diferente y nueva. Simplemente, quedé fascinado.

Aquellas primeras fotos nocturnas que vi en mi vida eran de un tal Mario Rubio, ¡que vaya usted a saber quien era! Pero, ávido de ver más, puse a Google a trabajar hasta dar con su web. No podía dejar de preguntarme cómo era posible hacer fotos así y, entonces, vi uno de los vídeos del proyecto Un año de fotografía, donde José Benito Ruiz y el propio Mario Rubio desgranaban durante unas cuatro horas los secretos de la fotografía nocturna. Creo que no pude ni pestañear durante todo el vídeo. Estaba alucinado. Y eso que los dos hablaban todo el rato en chino y sin subtítulos: cátodos, luz fría, balance de blancos, exposición, hiperfocal… ¿qué?

Aunque al terminar el vídeo seguía sin entender media palabra de todo lo que habían dicho, ya había tomado una decisión: “quiero aprender a hacer eso como sea y me voy a comprar una cámara”. Poco tiempo después tenía en mis manos un artilugio llamado Canon 550D (y ocho meses de pago a plazos por delante), sin saber prácticamente ni cómo se encendía. Ni siquiera se me ocurrió hacer alguna foto de prueba hasta que oscureció. Disparé muchas veces a la Luna desde la ventana de casa con unos resultados absolutamente terribles. Evidentemente, tocaba ponerse a aprender y, una vez más, Internet era la fuente de la que beber. Y, también una vez más, Mario y sus tutoriales y vídeos acudieron al rescate para comenzar a arrojar un poco de luz sobre las tinieblas.

Logré convencer a mi amigo de la infancia Maico Delgado para que también se comprara una cámara y juntos, con mucha ilusión y nefastos resultados, comenzamos a perpetrar fotos a diestro y siniestro cada noche que podíamos.

Mientras, seguíamos saqueando Internet en busca de más información con la que aprender, y siempre acabábamos en los vídeos y la web de Mario. Mirábamos sus fotos, las comentábamos, intentábamos emularlas de alguna manera, y así, poco a poco, fuimos aprendiendo cosas hasta que una noche logramos… ¡una foto casi enfocada!

Para ser sincero, no puedo ni remotamente afirmar que nuestro aprendizaje fuera muy rápido, pero seguimos aprendiendo cada día y disfrutando intensamente con cada disparo. Y eso es lo que de verdad importa, ¿no?

 

Casualidades

Como se suele decir, la vida da muchas vueltas. Y en una de esas vueltas la más absoluta casualidad quiso que conociera a Mario. Fue en una manifestación de protesta contra los sondeos petrolíferos de Repsol frente a las costas de Lanzarote y Fuerteventura (Islas Canarias). Era junio de 2014 y, bajo un sofocante calor, miles de almas deseosas de hacerse escuchar y de parar las prospecciones recorrían la Avenida de Anaga, en Santa Cruz de Tenerife. Desde luego, había que estar allí aquel día.

De pronto, una cara que me resulta familiar surge en medio de la multitud. Mi cerebro se toma su tiempo para intentar poner nombre al rostro. Una pequeña cámara compacta colgada de su cuello me da la pista que necesitaba: ¡ese es Mario Rubio! Soy un pésimo fisonomista y me cuesta recordar los rostros, pero después de haberlo visto en tantos vídeos no me cabía ninguna duda. Era él.

Sin pensarlo dos veces para no perderlo de vista entre el gentío, y mientras no dejaba de preguntarme a mí mismo qué rayos estaba haciendo él allí, me acerqué y le di una palmadita en el hombro para llamar su atención.

Me miró con cara de estar haciendo un esfuerzo por recordar si me conocía de algo. Le ayudé a salir de su trance: “Hola Mario, no nos conocemos, pero hace tiempo que sigo tu trabajo” Me saluda amablemente y estrecha mi mano agradeciendo el comentario.

Sin más, le suelto: “Verás, trabajo para un periódico y tenía pensado contactar contigo para hacer una entrevista para el suplemento de los sábados, pero acabo de verte aquí y aprovecho para decírtelo en persona”. En su cara, expresión de sorpresa. Y continúo: “La verdad es que yo no soy periodista, soy diseñador, pero de vez en cuando escribo algún reportaje”. Más sorpresa en su cara. Debía estar pensando “¿quién es este tío?”

El caso es que me contó que desde hacía poco se había venido a vivir a Tenerife y acabamos quedando para hacer esa entrevista que, premeditadamente, fue publicada justo el mismo día en que se publicó su libro, El fotógrafo en la noche.

La entrevista quedó muy bien y pocos días después Mario me llamó para invitarme a almorzar como muestra de agradecimiento. Hay que decir que es un tipo agradecido y, claro, yo soy muy educado como para rechazar un almuerzo gratis…

Congeniamos con mucha rapidez y a partir de ese momento mantuvimos el contacto a medida que nuestra confianza y amistad iba creciendo día a día. Tenemos muchas cosas en común, aun sin parecernos en casi nada, pero sobre todo compartimos un irónico y a veces retorcido sentido del humor que hace que la mayor parte del tiempo que pasamos juntos estemos partidos de la risa. Y así, llegamos al día de hoy, en que puedo decir que considero a Mario prácticamente como un hermano.

 

 
A vueltas con las curvas

Pero volvamos al coche, que sigue sorteando curvas en aquella fría noche de febrero. Parece que el hombre aún está rumiando mi pregunta. “¿Una revista?”, repite de pronto como para sí mismo sin apartar la vista de la carretera. Paso un rato explicándole la idea, las secciones, el formato y todo lo que se me había ocurrido hasta entonces mientras me escucha sin decir una sola palabra más.

Al llegar al lugar donde íbamos a hacer fotos y después de haber soltado todos mis argumentos yo ya estaba pensando que la propuesta no le había gustado lo más mínimo y que probablemente estaba buscando las palabras más adecuadas para mandarme a paseo de la manera menos dolorosa. ¡Seguía sin decir nada!

Aparcamos y comenzamos a sacar los trastos fotográficos del maletero en completo silencio. Fue entonces cuando Mario se calzó su frontal en la cabeza y, justo en ese momento, me dice: “Una revista, me gusta la idea. Me gusta mucho”.

Ese detalle del frontal merece una explicación aparte. Mario es el Fotógrafo Nocturno las 24 horas del día, absolutamente nunca para y siempre está trabajando en alguna cosa. Pero cuando se pone el frontal en la cabeza algo cambia en él. Es como si fuera un interruptor que le transforma y hace que todo lo demás desaparezca y solo exista la fotografía. Un interruptor que lo activa en modo fotográfico al 200%. De hecho, algo que siempre que salimos de fotos me hace gracia es que, una vez se pone el frontal, ya no vuelve a quitárselo en ningún momento de la noche. Aunque cambiemos de localización y haya kilómetros de coche por delante, aunque pasen horas y más horas, incluso cuando ya hemos terminado y estamos haciendo el camino de vuelta a casa, el frontal permanece en su cabeza como si lo llevara atornillado a la frente. A veces me pregunto si es cuando llega a su casa y pone la cabeza en la almohada cuando al fin se lo quita, apagando con ello ese interruptor.

“Pero tiene que ser muy completa” me dice, “que haya de todo, que sea práctica y que sea gratis para que pueda llegar a todo el mundo, ¿cómo podemos hacerlo?”.

Lo cierto es que pocas fotos hicimos aquella noche. Poco después estábamos metiéndonos entre pecho y espalda unas raciones de pulpo y calamares en el pueblo de San Andrés y echando unas risas.

¡Ah sí! que me olvidaba… también pasamos horas hablando de cómo llevar a buen puerto la idea de la revista para lograr convertirla en una realidad y, desde ese mismo momento, nos ilusionamos como dos niños con un proyecto que apenas comenzaba a tomar forma en nuestras cabezas.

A partir de ahí, muchas, muchísimas horas de trabajo, conversaciones e intercambio de ideas, cientos de emails y, especialmente y sobre todo, una gran cantidad de personas con mucho talento participando para aportar su arte y conocimientos y ponerlos al alcance de toda la comunidad fotográfica a través de sus artículos y a los que todos debemos estar profundamente agradecidos por ello.

Desde aquella primera noche le decía a Mario: “Quiero hacer la revista de fotografía nocturna que, como fotógrafo aficionado, me gustaría leer. Quiero aprender de ella. Conocer a las personas que hay detrás de las cámaras y que me cuenten con sus propias palabras cómo hacen sus fotos. Que me den ideas y me ayuden a mejorar. Que me descubran cosas, trucos, anécdotas…” Y esa es la filosofía que nos ha guiado para hacer esta revista y lo que hemos intentado conseguir con ella.

He disfrutado enormemente diseñando y maquetando desde la primera a la última página. He leído con gusto cada palabra de cada artículo, analizado cada foto y, ciertamente, he aprendido muchísimas cosas durante todo el proceso.

Han sido meses de duro trabajo desde aquella pregunta entre curva y curva de la tortuosa carretera a Igueste de San Andrés hasta el momento en el que estás leyendo estas líneas, pero nos sentimos plenamente satisfechos con el resultado y esperamos sinceramente que lo disfrutes, que te resulte de mucha utilidad y que te ayude en tu camino.

Enrique E. Domínguez

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